Refugiado

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Desconocido. Extranjero. Inmigrante. Indocumentado.

La gente que carga con estas etiquetas casi nunca carga con otra cosa. Usualmente han dejado sus hogares junto con todas sus pertenencias para huir de la violencia, la persecución, el hambre, la pobreza y más.

Es fácil voltearle la cara a quienes acuden a nosotros desesperados por escapar de circunstancias inimaginables. Es fácil tacharlos de diferentes, de necesitados, de ser una carga—e igual de fácil es dejarle a alguien más el esfuerzo de mantenerlos y cuidarlos.

Jesús no pensaba así. El nunca distinguió entre sus vecinos y desconocidos. El amó, recibió y aceptó a todos.

Su forma de empatía era muy radical. Y mantuvo su corazón abierto especialmente a la gente marginada, quebrada, hambrienta y vagabunda.

Tal vez porque María y José y el niño Jesús también fueron refugiados.

Ya conoces la historia del nacimiento de Jesús en Belén. ¿Pero sabes que ocurrió después? El Rey Herodes, ordenó la muerte de cada niño en esas tierras por temor a perder el poder a caso de unos rumores que contaban de un “rey de los judíos”.

Para proteger a Jesús, María y José salieron huyendo hacia Egipto. Fueron extranjeros en una tierra extraña, hasta que Herodes falleció.

Jesús podía ponerse en las sandalias de los demás como nadie más en este mundo. Y les pidió a todos hacer lo mismo, literalmente, al decir que cualquier cosa que hacen por los que menos tienen, lo hacen para él también.

Para Jesús, la regla dorada de amar al prójimo como a ti mismo no sólo aplica a los que conocemos. También aplica a los desconocidos, en especial a los necesitados.

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